15 días por Marruecos con una Royal Enfield Himalayan (IV)

15 días por Marruecos con una Royal Enfield Himalayan (IV)

Nuevos compañeros de ruta


Tiempo de lectura: 18 min.

Dejaba el anterior episodio en la reserva natural de monos de Azrú, nada más subir el primer puerto del día. Aún es bien temprano y me queda mucho Atlas por delante. Por esta zona el Atlas no es una gran cordillera al uso, con un complicadísimo puerto de montaña interminable, altísimo y con un sin fin de curvas la mar de peligrosas.

Esto último lo podemos encontrar en el célebre Tizi n’Tichka, en la N9 entre Ouarzazate y Marrakech, pero no adelantemos acontecimientos. Por la N13, por la ruta “este” hacia Merzouga por la que voy ahora, el Atlas es más largo de cruzar. Se suceden puertos de montaña más pequeños, de unas pocas curvas, conectados por vastos altiplanos de largas rectas.

El paisaje empieza a ser un poco desolador. Apenas hay vegetación aquí. La mayoría de lo que veo es monte bajo y a veces algunos pastos fruto de la estación de lluvias en la que estamos. Las formaciones rocosas que se van sucediendo a ambos lados de la carretera llaman mi atención. La roca pelada me va contando la acción geológica que ha sufrido durante las últimas decenas de miles de años hasta llegar a este estado.

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Por el retrovisor veo que a lo lejos se acerca un convoy de motos. En unos minutos me rebasan. Son portugueses armados con maxi trails. En este grupo veo una clara preferencia por la Africa Twin en vez de las GS alemanas. En las rectas me dejan atrás con facilidad, pero en las curvas y en los desvíos sin asfaltar de la carretera les voy recortando distancias.

No sé si es que son un poco “conos” o que es gente que ya tiene una edad, con responsabilidades y familia en la península y que por eso no se toman la conducción tan a la ligera como lo puedo hacer yo, pero lo cierto es que van despacito y con buena letra.

Al cabo de un rato comienza a llover un poco. El cielo ha estado encapotado desde que me he levantado esta mañana en Azrú, y se ve que se me ha acabado la tregua. La lluvia es el factor definitivo. Aquí la prudencia de mis nuevos amigos les hace bajar el ritmo, y los rebaso.

En estas estoy cuando aparecen por el retrovisor otro grupo de moteros. Son los polacos, ¡otra vez! Me alegro de volver a verlos. Al final, todos habremos llegado a Tánger Med el mismo día y estamos bajando juntos en esta peregrinación hacia Merzouga.

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Los dos grupos, y yo por el medio en plan corredor independiente, comenzamos un curioso baile de adelanto me adelantan y vuelta a empezar, porque unos y otros vamos parando aquí y allá a hacer fotos siempre que vemos una estampa bonita.

Los polacos llevan bastante caña. Se ve que son unos veteranazos y que lo de la prudencia extrema no van con ellos. Al cabo de un rato me dejan atrás a mí y a los portugueses y siguen ganando kilómetros en esta carrera a tres bandas hacia el desierto.

En una de estas estoy parado en el arcén a tirar unas fotos y a recolocar la GoPro china que he traído, cuando me vuelven a pasar los portugueses. Uno de ellos se separa del grupo y se detiene a mi lado.  Chapurrea bien el español y empezamos a hablar un rato.

Por lo que me dice, el tío es un aventurero experto, pero se ha venido con un grupo de amigos que están muy verdes en esto de la aventura y que por eso van en modo relax: carretera y hacer turismo, pero sin meterse en muchos berenjenales ni complicaciones.

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Yo le digo que quiero hacer la pista larga de Ramlia que va desde Merzouga a Zagora, pero que soy nuevo en esto del offroad y que tengo serias dudas sobre si seré capaz de conseguirlo, que en España intenté practicar un poco la conducción sobre arena pero que fue un fracaso absoluto. Me da un consejo de oro: en arena, echa el peso atrás y abre gas a fondo. Al poco nos despedimos, y se va a toda mecha en busca de sus compañeros.

Llego a Zaira, un pueblo grande con mucho comercio y actividad en las calles. Hay un montón de puestos vendiendo fruta y demás comida en los arcenes de la carretera, pero también veo restaurantes, tiendas de alimentación, bancos… Este es un buen lugar para aprovisionarte o incluso hacer noche si lo requieres. Paro a comprar unas naranjas.

No sé qué tiene la fruta de Marruecos, pero me sabe mucho mejor que la del supermercado de debajo de casa. Bueno, no lo se pero me lo imagino. La fruta viene de huertas cercanas, y apenas pasa tiempo desde que la recolectan hasta que la venden. De hecho, es muy frecuente encontrarse a paisanos en los arcenes de la carretera con un cajón vendiendo las cuatro manzanas y un melón que ha cogido por la mañana en el terrenillo de ahí al lado.

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Sigo avanzando y llego a Midlet. Esto ya es una ciudad más que un pueblo y tiene un cierto componente de turismo de aventura. De Midlet sale una pista hacia el oeste que se adentra en los picos más altos del Atlas y que pasa por el famoso Circo de Jaffar, un valle pedregoso de complicado paso al que van muchos moteros y amantes del 4×4. Sólo es apto para los vehículos más endureros, aunque la dificultad varía dependiendo de si se atraviesa en la estación lluviosa cuando se convierte en un lodazal o de si vas en épocas más secas.

El circo está en el guión de este viaje. Es uno de esos sitios salvajes en los que quiero poner mi par de ruedas, y marcar ese check en mi historial motero, pero más adelante. Aún me quedan muchos días en África.

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Hora de comer (y de hacer amigos)

Dan las dos de la tarde. El depósito de la Himalayan está vacío, y mi estómago también. Veo un “área de servicio” con bastante movimiento y un par de restaurantes que la rodean y para ahí que voy. Cuando llego, veo que los polacos también están ahí, dándole de comer a sus sedientas monturas.

Por si os lo estáis preguntando, el enclave no tiene nada que ver con las áreas de servicio europeas. Esto es más cercano, rural, improvisado, artesanal y aleatorio. No tienen ese aire industrial de los espacios “quirúrgicos” que proliferan a los laterales de las autovías del viejo continente.

Primero hecho sopa. Al poco se van los polacos y me quedo “solo” de nuevo. Tiro para la terraza del restaurante y pido un poco de carne a la brasa. Estoy “abonado” a este plato. La gastronomía marroquí quizá no sea tan variada como la española, imagino que, porque aquí hay mayor escasez de según que ingredientes, y además por la prohibición de la religión islámica de comer cerdo, que parece que no, pero limita un montón (ellos se lo pierden).

Los platos más famosos de aquí son el cuscús y el tajin. El tajin es un guiso que se hace normalmente al fuego del butano en una cazuela de barro y se tapa con una especie de pieza con forma de cono. El guiso es principalmente de verduras y patatas, pero se le echa algo de carne para darle vidilla. No obstante, yo soy más de “barbacoa”.

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Estoy comiéndome una especie de “kebab” con carne asada dentro cuando veo que llegan dos extranjeros en moto al lugar. Me quedo contemplándolos durante unos instantes y me da la impresión de que son españoles por “las pintas” y también de que es la primera vez que bajan a Marruecos.

No sé cómo explicarlo, pero se les ve ese brillo, esa emoción, de cuando haces algo por primera vez y todo es nuevo y excitante a la vez que te sientes un poco abrumado por la falta de experiencia. Todavía recuerdo perfectamente ese sentimiento la primera vez que vine aquí, posiblemente la más bonita y auténtica de todas porque no paraba de sorprenderme con cada metro que andaba.

Sus motos son bastante atípicas: una Yamaha XT 660 y una veteranísima Suzuki DR Big de los 90. Además, no llevan el típico pack del aventurero postureta: maletas de aluminio, luces auxiliares, equipación motera adventure… nada que ver con el grupo de los polacos o de los portugueses.

Se les ve más de andar por casa, como el que coge y se va a marruecos con lo puesto. Me gusta ese rollo, porque es exactamente el mismo que el mío y creo que a fin de cuentas es el más auténtico. Además, la experiencia me dice que es un tipo de perfil más abierto, con el que puedes interactuar y hacer buenas migas.

Me ha pasado ya alguna vez de intentar entablar conversación con moteros de maxi trail, talonario, y catálogo de Touratech al completo, y que no me ajunten ni me vean como un semejante por mis pintas de andar por casa.

En este mundillo de las dos ruedas hay una especie de dogma impuesto de que para viajar hace falta una moto de gran cilindrada, a poder ser trail. Recorrer largas distancias con monturas pequeñas es poco menos que una herejía para el gremio.

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De izquierda a derecha: Ibai, Ricardo y un servidor

Me acerco hacia los dos desconocidos. Las matrículas son placas españolas. Les saludo alegremente y tras intercambiar algunas palabras se vienen a la terraza del restaurante y continuamos con la conversación sentados en la mesa. Se llaman Ibai y Ricardo, y vienen desde Euskadi.

En efecto, es la primera vez que vienen por estos lares y parece que la experiencia les está gustando mucho. Han cometido el mismo “error” que hice yo en mi primer viaje: querer verlo todo en sólo 10 días, pero supongo que es la clásica prisa del primer mundo: nunca tenemos tiempo para nada y siempre hay que ir a la carrera con todo.

La verdad que hacemos migas rápidamente, y como ellos también van a Merzouga, después de una buena comilona seguimos el trayecto juntos. Quedan unos 220 kilómetros para llegar al desierto, nada que no pueda hacerse con toda la tarde por delante.

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Estampa típica de los pueblos de adobe a las orillas del río Ziz

El Marruecos del barro

Después de unos kilómetros, la carretera se junta con el cauce del río Ziz. Esta parte del viaje es impresionante ya que el río ha excavado un cañón en la roca y la carretera avanza paralela rodeada de altos riscos a ambos lados. Son las gargantas del Ziz.

Ya hemos llegado al Marruecos del barro. La mayoría de casas están hechas con adobe Photoshop y se ve una arquitectura más pobre que en la parte septentrional del Atlas. Aquí el paisaje es de tonos pardos y la excepción es el valle del Ziz, rodeado de árboles y tierras de labranza. Por cierto, Ziz en árabe significa gacela. Debe de ser que este es el río al que venían las gacelas a beber y ya se quedó con ese nombre.

Al cabo de un rato paramos nuevamente a echar sopa. En la gasolinera hay cuatro holandeses, con motos de enduro, ruedas de tacos y alforjas blandas. Estos sí han venido a la aventura auténtica. Estoy convencido de que el asfalto les da alergia y que es la penitencia que tienen que pagar entre pista y pista de tierra. Les saludo alegremente, y me quedo embobado viendo sus KTM 690 Enduro.

Con una de esas te puedes subir hasta por las paredes si quieres. Me dicen que mandaron las motos a Málaga en camión desde Holanda y que ellos volaron a la ciudad andaluza. A partir de ahí, ferry a Melilla y a atravesar el Plato de Rekkam. Ahora van camino a las dunas de Erg Chebbi, como todos nosotros.

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Es increíble la cantidad de gente interesante que te puedes encontrar por el camino. Nos despedimos y seguimos con lo nuestro. Tras un par de puertos de montaña espectaculares, siempre con el Ziz al fondo del valle, y unas cuantas paradas técnicas para hacer fotos, llegamos a Er-Rachidia.

Esta es la última ciudad grande antes de llegar al desierto. El principal motor de la zona es el ejército. La ciudad tiene una fuerte presencia militar y numerosos fuertes y acuartelamientos debido a su proximidad con la frontera de Argelia. De hecho, durante el camino nos cruzamos diferentes controles militares, aunque no nos paran en ninguno. Se ve que los soldados están ahí más para echar la tarde que para otra cosa.

Lo bueno de Er-Rachidia es que supone el final del frío. Da igual en qué época vengas, que de aquí para abajo “nunca” va a hacer rasca ni te va a llover. No paramos en la ciudad y seguimos para adelante. La verdad que no tiene ningún atractivo destacable.

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Hacemos una parada obligada en el mirador del valle del Ziz. Es un punto en el que la carretera sube a la parte alta del cañón y se puede ver todo el valle abajo con el río en el centro y una gran franja estrecha de árboles a ambas orillas. La estampa habla sobre el inmenso poder del agua. Vida en estado líquido. Algo que donde yo vivo, dada su abundancia, no solemos valorar.

Por supuesto el enclave está atestado de turistas y viajeros (es parada obligatoria) y también hay muchos locales vendiendo collares, pulseras, minerales… Hay una especie de café / tienda de recuerdos, pero a mí no me la clavan, que ya sé cómo funcionan estos sitios. Hechas las pertinentes fotos toca continuar.

Llegamos a Erfoud que es el último pueblo grande antes de llegar a las dunas. Aquí se pueden encontrar hoteles caros, un sinfín de tiendas de recuerdos y souvenirs, restauración y un buen número de talleres mecánicos para reparar las motocicletas, 4×4, quads, buggies y demás juguetes a motor que utilizan los turistas adinerados.

Seguimos hacia delante. Ya solo quedan 50 kilómetros para llegar a la gran duna naranja de Erg Chebbi. La carretera aquí se torna recta y monótona. Es increíble la cantidad de distancia que puedes cubrir con la vista hasta el horizonte, en la que prácticamente no ves nada salvo tierra quemada por el sol, piedras y arena.

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Llegados a este punto, Ricardo y yo estamos tan emocionados que decidimos hacer los últimos kilómetros por pistas de tierra que van paralelas a la carretera. En nuestra cabeza se fragua la alegoría de llegar hasta el mismísimo desierto campo a través, levantando una estela de polvo tras nosotros. Ibai es más conservador y prefiere la practicidad del asfalto. Acordamos reunirnos 20 kilómetros más adelante, en el próximo cruce.

Tras unos pocos kilómetros por pistas más bien moviditos, decidimos acabar con el experimento. Hemos visto que podemos circular por estos terrenos complicados sin muchos inconvenientes, más allá de perder alguna botella de agua que iba mal atada atrás en el petate.

Decidimos volver al asfalto, y al cabo de un rato nos encontramos una hilera de todoterrenos que avanzan muy despacio. Yo estoy deseando llegar al hotel después de tantas horas encima de la moto, así que doy el intermitente, hago como que no veo la raya continua del medio de la carretera y abro gas a fondo. Maniobra que no he dejado de realizar a discreción desde que puse los pies en África.

Cuando estoy adelantando a toda la ristra de coches, de repente veo por qué iban tan despacio. Hay un control de la Gendarmería Real en lo alto de una loma algo más adelante. Me quedo blanco al instante y me meto a la derecha entre dos todoterrenos rezando para que no me hayan visto.

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Niños pidiendo dinero. Aunque sean enternecedores es mejor no dar nada para que así vayan a la escuela, que es donde tienen que estar

No cuela. Cuando llego a la altura de los policías me hacen gestos con la mano para que pare. Encima también le dan el alto a Ricardo, que no sé si me había seguido en mi ilegal maniobra. El hombre, muy serio, me dice en inglés que me he saltado la línea continua. ¡Menuda novedad! ya lo sé de sobra, ha sido la cazada más flagrante de la historia.

La receta serán 400 Dirham. Desde este momento me tranquilizo. Aunque son 40€, al final todo se arregla con dinero, y en este caso ni siquiera es mucho. Me empieza a pedir el pasaporte, los papeles de la moto, el permiso de importación, el carné de la biblioteca y no sé cuántos documentos más.

Me enseña una hoja de papel larguísima que tiene que cumplimentar con todos los datos. Yo ya sé cómo funciona la burocracia en África. El año pasado para poner una denuncia de tres párrafos de extensión estuve 7 horas en la comisaría, así que haciendo la regla de tres calculo que rellenar el formulario de la multa serán uno o dos días completos.

Me armo de valor y le digo al agente: “Mira, es que llegamos tarde. Se está haciendo de noche y nos están esperando en el hotel. Yo te pago los 400 Dihram de la multa, y… no papers“.  El hombre al principio me mira dubitativo y despues dice:”No papers?”. Yo insisto: “no papers“, mientras saco los 400 dirham de la cartera y se los doy. Al principio se lo piensa, pero el color del dinero siempre es sugerente y al final coge los dos billetes y se los guarda en la bandolera donde lleva los documentos.

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Yo estoy contentísimo de que mi plan haya funcionado. Los 400 dírham ya los había perdido al hacer la “pirula”, pero al menos, no perder el escaso y valioso tiempo que tengo en Marruecos. Ricardo y yo ya nos estamos poniendo el casco y los guantes para reanudar el camino cuando sale el policía del coche patrulla y me devuelve uno de los dos billetes que acabo de entregarle.

¡Qué guay! no me lo esperaba, pero es un policía honrado (según se mire). Había leído por Internet que la tarifa oficial de los sobornos en Marruecos son 20 euros y este buen hombre no ha querido cobrarme de más ni aprovecharse de mi por ser turista. Le doy la mano con total gratitud y se despide diciéndome: “better for you, better for me”, que viene a ser “mejor para ti, mejor para mí”. ¡Cuánta razón hermano!

Arrancamos las motos y nos vamos de allí pitando. Siento una mezcla de euforia, alegría y satisfacción total. Me voy riendo solo dentro del casco de la moto por lo que acaba de pasar. ¡El primer soborno de mi vida! Todo ha salido mucho mejor de lo esperado y hasta los 20 euros me parecen pocos a cambio del pedazo de anécdota que acabo de vivir.

Al cabo de un rato aparece en frente de nosotros la gran duna naranja de Erg Chebbi. Por fín lo hemos conseguido. Han sido tres largas jornadas para llegar hasta aquí desde casa, pero sólo por ver esa imagen en frente de nosotros merece la pena.

Nos encontramos con Ibai en el cruce que habíamos pactado, donde llevaba esperándonos un rato. Me dicen que tienen reservado un hotel y como yo no he mirado nada, me apunto a ir con ellos hasta allí, a ver qué se cuece. La soledad en los viajes a veces se hace difícil y todavía me parece pronto para separarme de estos improvisados amigos de ruta.

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Parte 1 | Desde casa hasta África

Parte 2 | Tetuán

Parte 3 | Bajando hacia el desierto

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Sobre mí

Gonzalo Lara Camarón

Ingeniero de software a tiempo completo y apasionado del motor en mis ratos libres. Los coches me gustan desde que tengo memoria, pero fue descubrir las motos y la “enfermedad” fue a peor. Mi sueño es recorrer todos los rincones del mundo sobre dos ruedas.

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Jorge
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Jorge

Tiooo q nos tienes en ascuas más de un mes estamos deseando leer la siguiente parte

Gonzalo Lara
Invitado
Gonzalo Lara

Caguen diez Jorge, ya lo siento. Llevo una temporada que la vida no me da tregua. Prometo moverlo tan pronto como me sea posible.

Pedro Ivan
Mecánico
Pedro Ivan

No te he comentado los anteriores artículos por falta de tiempo, pero estoy enganchado!!, jajajaja, veo tantas analogías en mi forma de entender la moto. Fíjate que a mis treinta y pocos he tenido un poco de todo, excepto RR porque soy un persona muyyyyyyyyy tranquila con la moto y llevo unos meses siguiendo muy de cerca la Himalayan y cada día más convencido, también estoy un poco cansado de etiquetas o de “ser más” por ir con ciertas alemanas o austriacas pesadas, yo estoy tan loco que pese a algunas japonesas ahora hay una italiana en el garaje. Y… Leer más »


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Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto la charla sería de órdago. Pero aquí estoy, escribiendo sobre mi pasión donde me dejan. Si hace unos años me dicen que terminaría así, las carcajadas se habrían escuchado hasta en Australia, pero ahora no sabría vivir sin ello.

Gonzalo Lara Camarón

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Soy un enamorado del motor en general y de los vehículos clásicos y motocicletas en particular. Dedicado al mundo de la automoción desde hace unos años, disfruto probando toda clase de vehículos y escribiendo mis impresiones y experiencias sobre ellos.

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Cuando era un niño, no podía pasar una semana sin el nuevo número de mi revista de coches favorita. De adolescente, descubrí que me apasionaba escribir, divulgar y comunicar ideas. Ahora me encuentro dando mis primeros pasos en la profesión que me apasiona de la mano de la afición que ocupó buena parte de mi infancia, toda una suerte que demuestra las vueltas que puede dar la vida.

Elena Lebrón

Soy Elena Lebrón, una joven periodista que desde los 16 años bucea entre grasa y aceite. A los 20, tuve un grave accidente de moto y entendí que faltaban mujeres que hablaran de velocidad y seguridad, y sobre todo mujeres que aportaran información útil y diferente sobre el motor.