15 días por Marruecos con una Royal Enfield Himalayan (I)

15 días por Marruecos con una Royal Enfield Himalayan (I)

Desde casa hasta África


Tiempo de lectura: 16 min.

Hoy os voy a contar mi experiencia tras 15 días viajando por Marruecos con una Royal Enfield Himalayan, un viaje que tuvo lugar en octubre de 2019 y en el que en total recorrí unos 6.300 kilómetros de lo más variados, incluyendo más de 600 km de offroad con etapas complicadas y a la vez míticas como el paso de Ramlia o “surfear” sobre las mismísimas dunas de Erg Chebbi.

Marruecos siempre es un destino recomendable para ir en moto. Si te gustan los viajes de aventura y salir de la burbuja occidental es prácticamente el único que tenemos a nuestro alcance si solo disponemos de entre 7 y 15 días libres en el curro.

En esta ocasión mi principal aliciente era ir hasta allá abajo con una Royal Enfield Himalayan para hacerle un examen intensivo y ver cómo se comporta en viajes de aventura; de si puede hacer frente o incluso poner en peligro a las vacas sagradas que están siempre en todas las quinielas a la hora de realizar grandes viajes, como la Honda CRF 1100 L Africa Twin, la KTM 1290 Adventure R y por supuesto, la BMW R 1250 GS Adventure.

Acompañadme en este viaje virtual a lo largo de Marruecos, en estos días oscuros en los que no podemos viajar de verdad, y os enseñaré un poquito más del país vecino, y ya de paso algunas pinceladas sobre cómo se comporta la Enfield a la hora de realizar estas grandes epopeyas. Si lo hago bien, lo mismo es como si lo vivieseis conmigo desde estas páginas.

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Valladolid-Algeciras: lo hago porque hay que hacerlo, pero…

18 de octubre. Eran las 3 de la tarde y acababa de salir de la oficina. Tenía 16 días libres por delante en los que no tendría que volver a pisar este lugar. Fui para casa, comí algo rápido y empecé a colocar todo el macuto en la moto, que ya llevaba unos días tirado por el suelo de casa.

Es increíble cómo son las aventuras en moto. Imagino que si habéis hecho alguna os habrá pasado lo mismo que a mí. La aventura no comienza el día de la partida, comienza mucho antes, cuando marcas una fecha en el calendario y decides que ese día te “piras” a lo desconocido.

Desde ese momento la emoción no para de crecer mientras miras posibles rutas e itinerarios, mientras te informas sobre el lugar y lo que más o menos quieres ver, mientras haces el petate y completas el equipo con algunas “chuches” nuevas, ya sean para acampar, para cocinar en ruta, para la moto, para grabar y recordar el viaje… La emoción y el placer de viajar comienza mucho antes de que gires la llave en el contacto el día que marchas por primera vez.

Volviendo al día de la partida, me enfundo en mi traje de romano después de cargar la moto, arranco y me voy. Miro el reloj, son las 5 de la tarde. Es la tercera vez que bajo a Marruecos en moto, y lo peor sin duda es la Ruta de la Plata: 770 km de pura autovía desde Valladolid hasta el estrecho. Es la A-66, que sigue el trazado de la N-630.

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Honda Wave 110i – Mi anterior compañera en esto de atravesar desiertos

Yago por América dijo esto una vez:

“Me preguntaron cuál era la moto de mis sueños, y les dije que, desde que me di cuenta que la moto para mí solo es un medio para hacer realidad mis sueños, dejé de soñar con tener tal o cual moto y empecé a disfrutar de la que sea, porque sé que con cualquiera puedo llegar a donde me lo proponga…”

Siempre he bajado con motos de pequeña cilindrada: una Honda CBF 250, una Honda Wave 110i y ahora con la Royal Enfield Himalayan. Ninguna de ellas pasa de 100 km/h como velocidad óptima de crucero. Otras veces lo he hecho del tirón en un día, en la práctica son unas 11 horas de moto contando paradas.

Sin embargo, esta vez quiero tomarme las cosas con calma, así que haré noche por el camino en plan improvisado, donde me pille. Quiero aprender a viajar con calma, a disfrutar de cada lugar, de cada escena, de cada momento, en vez de que toda la aventura sea una carrera al sprint contrarreloj como otras veces. Junto con poner a prueba la moto, este es el otro gran objetivo del viaje.

Imagino que este trayecto con motos que corren a 120 km/h o incluso a un poquito más será igual de aburrido, pero un 20 % más corto en tiempo. Siempre está la opción de coger la vieja N-630 para amenizarte con sus curvitas y sus pueblos extremeños y luego andaluces, pero al final lo único que consigues es enlentecer más el trayecto, ya de por sí largo y tedioso por lo que… toca sufrir la autovía.

Los kilómetros van pasando con parsimonia. Decido que 100 km/h es la velocidad a la que la Himalayan va bien, sin forzar. En los repechos fuertes del Puerto de la Vallejera, cerca de Béjar, la moto se queda un poco y a veces toca tirar de cuarta marcha, aunque los 90 km/h no los cede en ningún momento. A fin de cuentas, voy cargado como un burro y solo son 25 CV monocilíndricos.

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Siempre me pasa lo mismo. Los primeros kilómetros de todos los viajes son los más raros. Por tu cabeza pasan rápidamente un montón de “y si…”. En el fondo sabes dónde estás en ese instante, pero no tienes ni idea de lo que va a pasar los próximos días, de a dónde vas a ir, de la gente que te vas a encontrar por el camino, de dónde vas a comer, a dormir, a reparar la moto…

Hay un torbellino de incógnitas que se generan en tu cabeza a máxima velocidad y tú no tienes respuesta para casi ninguna de ellas. Pero una cosa está clara: solo tienes que mantener la caña del gas abierta y seguir avanzando. Mientras te muevas, sigues en la partida, la aventura continúa.

Los kilómetros van pasando y le voy cogiendo el gusto a esto de las trail. Es una pasada el poder estar horas y horas al manillar sin forzar la espalda ni las muñecas. El sol va escondiéndose y el frío comienza a adueñarse de mí. La moto es nueva y no tiene unos siempre recomendables puños calefactados. Siguen pasando los kilómetros y en la autovía veo la salida a Mérida.

Nunca he visitado esta ciudad, y recuerdo de mis días de instituto que tenía un rollito histórico-romano: Merita Augusta, ¿no?. Decido parar a hacer noche y de paso explorar un poco la city. Tras una consulta rápida en mi móvil encuentro un hostal barato.

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Se llama Deluxe Hostels & Suites Mérida. El nombre y las fotos con piscina me hacen desconfiar. Por norma general huyo de los sitios pijos y lujosos. Yo busco experiencias más… auténticas, pero son menos de 20 euros la noche y en el fondo la capital extremeña no tiene muchas más opciones low cost entre las que escoger, por lo que para allá que voy. Es una habitación compartida de seis camas, pero se ve que el turismo no está muy animado en octubre así que estoy yo solo, todo un chollo.

Además, el recepcionista me deja meter la moto en el parking sin cobrar. No sé qué tenemos los viajeros en moto que despertamos simpatía allá a donde vamos y la gente normalmente se vuelca a hacerte un favorcillo o darte algo desinteresadamente para hacerte la odisea un poquito más fácil.

Tras un leve descanso me doy una vuelta por Mérida. No había estado nunca y ahora me quedo con ganas de volver con más tiempo. El acueducto romano es espectacular, y visitarlo de noche cuando estás prácticamente solo por la calle quizá le da aún más encanto por el juego de luces y la paz que se respira. Aparte de esto, me quedo maravillado por la inmensidad del río Tajo y los puentes que lo sobrevuelan. Tras una cena de batalla en una pizzería cutre -pero económica- me recojo hasta el día siguiente.

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Amanece. Me tomo las cosas con calma porque solo me quedan 370 km para llegar al barco, y eso con las carreteras españolas es un paseo. Al poco de salir unos nubarrones oscuros me amenazan con su presencia. Estaba cantado, a los pocos kilómetros comienza a llover, pero yo tengo un arma secreta.

Abro la maleta y saco un abrigo de mis años de repartidor en Domino’s Pizza. Sé de buena tinta que esta prenda no la atraviesan ni las balas, y entre eso y el color naranja chillón con los reflectantes es el equipo perfecto para atravesar una tromba de agua. No puedo decir lo mismo de mis botas, unas Forma Majestic, calan más que si fuera con chancletas.

Los kilómetros siguen pasando. Llego a Sevilla y atravieso el puente del Centenario, otro de esos momentos que me encogen el corazón por la experiencia de poder atravesarlo y lo pequeño que te hace sentir ahí con tu moto sobre tanta inmensidad. Imagino que la gente que tiene que atravesarlo todos los días para ir a currar con un atasco de espanto lo verá de otra forma. Lo siento por ellos.

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Fotografía: Gzzz (Wikkimedia Commons) – CC by SA 3.0

Cruzando el estrecho: todo un espectáculo digno de vivir

Llego a Algeciras a las 2 de la tarde y lo primero que hago es tirar a la estación marítima del puerto para sacar el billete del próximo ferry que salga con destino a África, bueno, más concretamente a Tánger Med. Hay uno a las 4, y con estar una hora antes es más que suficiente. Me dirijo a un restaurante del paseo marítimo para comer mi último chuletón hasta que regrese a España.

Tanger Med es un puerto de gran calado de nueva construcción situado en la vertiente marroquí del estrecho de Gibraltar, a 45 km de la ciudad de Tánger (Marruecos) y 20 km de Ceuta (España)

Paro en la Flauta Mágica. Tiene un aspecto algo cutre, pero hay un mostrador en todo el medio del comedor donde se puede ver el género, y una cámara frigorífica justo detrás con coca-colas bien fresquitas. Esto sí es márquetin. A mí se me conquista con la vista.

Curiosamente, es un restaurante regido por marroquís. Es como si el país vecino me quisiera dar la bienvenida incluso antes de posar mi par de ruedas en él. El local es algo a caballo entre lo que consideraríamos un restaurante europeo y un africano, donde el cuidado y la limpieza se interpretan de maneras más… laxas.

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Me pido el chuletón más grande que hay, un plato de patatas fritas con copete y una Coca-Cola de 2 litros. La ternera es de buena calidad, pero la tonelada de especias que le han puesto por encima ya le da ese toque inconfundible de la comida árabe.

Salgo con la tripa llena, de hecho, más llena de lo que debería. Arranco la moto y recorro el kilómetro y pico que tengo hasta llegar a la cola del ferry. La estampa que reina en la terminal me impactó la primera vez que la vi en 2016, y hoy en día sigue consiguiendo el mismo efecto.

Estoy en la puerta de Europa. Es increíble la cantidad de historias, de caminos recorridos, de hilos de gente que venimos desde las partes más recónditas del viejo continente y que nos juntamos en este hub, en este embudo, para emprender juntos y en compañía durante estos apenas 12 km el viaje a África, momento en el cual esos hilos se volverán a separar, cada uno en busca de su destino final.

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Hay perfiles bien diferenciados. Estamos los clásicos overlanders. Los hay con motos, todoterrenos, autocaravanas, camiones militares adaptados… todos llenos de alegría, pegatinas exóticas, pertenencias caras y vitalidad, a fin de cuentas, es el comienzo de nuestras vacaciones, de nuestra aventura.

Pero también hay gente, emigrantes, que vuelven a casa para ver a los suyos durante ese pequeño chupito de libertad que les brindan los trabajos “primermundistas”. Para ellos el camino, el viaje en sí, no es una aventura ni mucho menos un placer.

Simplemente es la enorme penitencia que tienen que pagar para volver a casa, casi siempre en coches de tercera mano sobrecargados o directamente con grandes furgones, llevando para allí un poco de lo que aquí tanto nos sobra.

Esta vez mis vecinos de cola son un grupo de polacos. Son todo tíos enormes de 2 metros que bajan con sus motos aún más enormes. El grupo se compone de varias BMW R 1200 GS y Áfricas Twin de las nuevas. Al final hay una Yamaha Ténéré 700. Debe de ser el “pobre” de la comitiva. Cruzamos unas palabras y nos hacemos unas fotos. Dicen que van al desierto y que, si la cosa va bien, lo mismo algunos de ellos seguirán hasta Mauritania.

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Yo con la Royal Enfield Himalayan, que todavía está virgen y tiene el brillo del concesionario, parezco un overlander de pacotilla al lado de tanto despliegue con semejantes motos, equipación de enduro, ruedas de tacos, luces auxiliares, garrafas de combustible y alforjas de tela; pero no me achato ni un milímetro. Estos tíos parecen un catálogo con patas de Touratech.

Tras una breve espera entramos en fila india hacia las tripas de ese enorme monstruo de metal. Lo primero que sientes al embarcar en la bodega del ferry es el fuerte olor a fuel oil que lo impregna todo. Un aroma denso, pesado y que recuerda al azufre. De hecho, es un combustible con alto contenido en ese elemento.

La sensación que me da el ferry es de que todo en él es muy robusto. El suelo, las paredes… todo parece construido con un acero gordísimo y pétreo. De repente me acuerdo del dicho “acero para barcos”. Tiene todo el sentido del mundo. En contraposición mi cuerpecillo parece muy blando y débil. Tengo la sensación de que he de ir con tiento, ahí cualquier tropiezo o golpe puede hacerme bastante pupa.

El paseo en barco es un placer, hace un día agradable y el cielo está despejado, por lo que puede verse a simple vista la costa marroquí desde España. Este es uno de esos enclaves míticos con tres países a tiro de piedra, algo que plasmó muy bien aquella película de “El Niño”.

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En primera linea Polonia, y detrás Gibraltar

Me apoyo en la barandilla de la terraza de popa, disfrutando de este pequeño “descanso” de tanto andar en moto. Los polacos también han venido, se han sentado en un par de mesas y han sacado una provisión ingente de latas de cerveza. Para ellos ya comienza la fiesta.

Sigo desde la baranda, contemplando este enclave mágico que tanto me atrae. Se me acerca un hombre y empieza a hablar conmigo en un parco español, de inglés ya ni hablamos. Me dice que conduce un camión de pescado y que viene desde Bilbao, aunque antes de bajar al estrecho tuvo que pasar por Valencia.

La verdad que no entiendo mucho los motivos logísticos para semejante rodeo, pero yo soy un lego en tema de transporte, así que no pregunto. Me dice que espera estar en un par de días en Agadir, ciudad costera de pescadores al sur del país. Allí tiene a su mujer y a sus hijos. Me cuenta que tiene muchas ganas de verlos a todos.

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Tengo curiosidad y echo un ojo al Maps. Son 840 km de autopista en un camión moderno de última generación. Me quedo un poco más tranquilo por mi nuevo amigo. A fin de cuentas, lo que le espera en las próximas dos jornadas es un paseo. Me despido de él con cierta lastima al saber que nunca nos volveremos a ver. Con los extraños que te encuentras por el camino pasa siempre lo mismo. Bueno, a veces no.

El tiempo corre. El trayecto dura una hora y media. Es gracioso como una costa se va acercando a medida que la otra se aleja. La travesía va avanzando y tengo que sellar mi pasaporte en una garita del barco en la que hay un policía marroquí con un portátil y un sello. La cola es abismal y supertediosa. Ya volveré en un rato.

Con la experiencia me he ido fijando en que estos policías empiezan a sellar los pasaportes de la gente con mucha parsimonia, pero cuando el barco está a punto de atracar en destino, y ven que todavía queda medio pasaje por sellar, entonces les entran las prisas y empiezan a agilizar trámites que es una maravilla. Ese es el momento idóneo para ponerte en la fila.

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A fin de cuentas ¿qué puede pasar? No se va a ir a casa sin sellarte el tuyo, ¿no? De repente me empiezo a imaginar en mi cabeza la escena en la que un viajero se tuvo que volver a España en el barco porque no estuvo rápido a la hora de ponerse a la cola. Imagino que nunca habrá ocurrido tal cosa o… puede que sí.

El barco entra en el puerto de Tánger Med y mando mis últimos WhatsApp aprovechando que la cobertura  no entiende de fronteras. Bajo a la bodega a buscar mi moto. Un operario la está destrinqueteando. Cuando acaba, me monto y arranco.

Lo bueno de las motos es que podemos escurrirnos entre los huecos y salir fácilmente los primeros de todo ese embrollo. Piso suelo africano por primera vez, y un policía que está de pie junto a la rampa del barco me pide el pasaporte: “Todo en regla, continúe”.

Y continuará…

Parte 2 | Tetuán

Parte 3 | Bajando hacia el desierto

Parte 4 | Nuevos compañeros de ruta

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Sobre mí

Gonzalo Lara Camarón

Ingeniero de software a tiempo completo y apasionado del motor en mis ratos libres. Los coches me gustan desde que tengo memoria, pero fue descubrir las motos y la “enfermedad” fue a peor. Mi sueño es recorrer todos los rincones del mundo sobre dos ruedas.

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jorge
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jorge

muy buen trabajo e disfrutado con el articulo,esperando con ansia la segunda parte


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Ingeniero de profesión, la mayor pasión de mi vida son los coches, y ahora también las motos. El olor a aceite, gasolina, neumático...hace que todos mis sentidos despierten. Embarcado en esta nueva aventura, espero que llegue a buen puerto con vuestra ayuda. Gracias por estar ahí.

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Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto la charla sería de órdago. Pero aquí estoy, escribiendo sobre mi pasión donde me dejan. Si hace unos años me dicen que terminaría así, las carcajadas se habrían escuchado hasta en Australia, pero ahora no sabría vivir sin ello.

Gonzalo Lara Camarón

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Aficionado al mundo del motor desde que fui concebido. Aprendí a leer con revistas de coches y, desde entonces, soy un completo enamorado de la gasolina. Como no se nace sabiendo todo, cada día es importante aprender algo nuevo y así ampliar los conocimientos. Este mundillo tiene mucho que ofrecer, al igual que un servidor a vosotros los lectores.