Aventura del día: Land Rover Series II 109 Cuthbertson

Aventura del día: Land Rover Series II 109 Cuthbertson

La insólita transformación con orugas de goma para conquistar las turberas


Tiempo de lectura: 8 min.

El Land Rover Cuthbertson no se conformaba con llevar cuatro ruedas motrices. Sustituía cada una por una pequeña rueda dentada que movía una oruga de goma, elevaba la carrocería sobre cuatro bogies y reducía la presión sobre el terreno hasta aproximadamente 1,9 libras por pulgada cuadrada. Con un motor de gasolina de 2,3 litros y 68 caballos de potencia, apenas alcanzaba unos 32 kilómetros por hora sobre asfalto, pero podía avanzar sobre turberas, marismas y nieve profunda cuando un todoterreno normal ya necesitaba un vehículo de rescate.

La transformación nacía en Biggar, una localidad escocesa del condado de Lanarkshire. Allí, James A. Cuthbertson había creado en 1936 una empresa dedicada a fabricar sus propios inventos y a desarrollar maquinaria para trabajar en terrenos difíciles. Su experiencia con las orugas de goma se remontaba a la Segunda Guerra Mundial y estaba relacionada con el diseño de las primeras bandas continuas de este material.

Cuthbertson no empezó pensando en crear una rareza para exposiciones. Sus máquinas nacieron para resolver problemas concretos en zonas donde la nieve, el barro, las turberas y el terreno irregular hacían inútiles muchas soluciones convencionales. La empresa fabricó quitanieves, equipos de recuperación y vehículos especiales, además de trabajar en aplicaciones militares y en infraestructuras.

Chasis auxiliar, sistema de bogies y reparto de masa

El Land Rover ofrecía una base perfecta para ese experimento. Era ligero, sencillo, robusto y disponía de una transmisión con reductora y tracción a las cuatro ruedas. Cuthbertson conservaba buena parte de la mecánica original y añadía un bastidor auxiliar atornillado al chasis. Sobre esa estructura se colocaban cuatro bogies triangulares, uno en cada esquina, alineados con los ejes del vehículo donante.

Las ruedas desaparecían y en su lugar aparecían unos piñones de tamaño similar. Cada uno movía una oruga de goma que rodeaba varias ruedas de menor diámetro situadas en la parte inferior del bogie. El motor, la caja de cambios, la caja transfer y los ejes continuaban siendo los del Land Rover. La transmisión original seguía enviando el movimiento a las cuatro esquinas, aunque ahora el contacto con el suelo se producía mediante bandas continuas.

Ese planteamiento tenía una ventaja decisiva: el peso del vehículo se repartía sobre una superficie mucho mayor. Un neumático concentra la carga en una zona relativamente pequeña y puede hundirse con rapidez sobre barro o turba. La oruga, en cambio, extendía el apoyo a lo largo de toda la banda y reducía la presión sobre el terreno. El Cuthbertson podía avanzar sobre superficies blandas sin abrir surcos tan profundos ni quedar apoyado sobre los ejes.

Dirección asistida hidráulica y comportamiento mecánico del Series II

La dirección exigía una solución diferente. Un vehículo de orugas convencional puede girar frenando una de las bandas y haciendo que la otra avance, pero el Land Rover no utilizaba ese sistema. Los cuatro bogies delanteros pivotaban como unidades completas, de manera semejante a las ruedas de un todoterreno normal. Girar aquellas masas requería un esfuerzo enorme, por lo que Cuthbertson instaló una dirección asistida accionada desde la polea del cigüeñal.

Aquella asistencia era especialmente avanzada para la época. El conductor podía orientar las orugas delanteras sin tener que luchar constantemente contra el peso del conjunto, aunque el tacto no podía compararse con el de un turismo. La dirección permitía maniobrar en espacios reducidos y conservar una conducción relativamente intuitiva, incluso cuando el vehículo se movedora sobre un terreno muy irregular.

La primera producción propiamente dicha se sitúa en 1958, coincidiendo con la llegada del Land Rover Series II. El ejemplar más conocido correspondía a un Series II 109, con batalla larga y motor de gasolina de 2.286 centímetros cúbicos. Su potencia alcanzaba 68 caballos a 4.250 revoluciones por minuto y el par máximo se situaba en torno a 116 libras-pie a 2.500 vueltas.

El cambio manual de cuatro velocidades mantenía la arquitectura del Land Rover y transmitía la potencia a las cuatro orugas. El motor no tenía que mover un vehículo veloz, pero sí vencer una resistencia considerable cuando las bandas se hundían en el barro o subían por una pendiente. La reductora resultaba esencial para avanzar a baja velocidad y conservar el control sobre superficies complicadas.

Uso forestal, militar y limitaciones técnicas

Por carretera, el Cuthbertson se encontraba fuera de su elemento. Las orugas generaban ruido, vibraciones y una resistencia muy superior a la de los neumáticos. Una velocidad cercana a 32 kilómetros por hora ya podía considerarse buena sobre asfalto, aunque algunos conductores intentaban ir más deprisa con una dosis considerable de optimismo. La transformación no buscaba convertir al Land Rover en un vehículo de carretera, sino llevarlo allí donde la carretera desaparecía.

El sistema también tenía limitaciones fuera del asfalto. Las orugas eran planas y se situaban bajas respecto al suelo, sin la parte frontal inclinada de una cadena militar diseñada para superar grandes escalones. Una zanja con un talud pronunciado o una roca colocada en el ángulo equivocado podía detenerlo. El Cuthbertson flotaba sobre el barro, pero no era invulnerable ante una barrera vertical.

Su terreno ideal estaba en los bosques escoceses, las explotaciones agrícolas de montaña y las zonas pantanosas. Las empresas forestales podían acceder a plantaciones sobre suelo blando sin utilizar maquinaria mucho más pesada. Los agricultores encontraban una herramienta capaz de desplazarse por prados encharcados y laderas donde un Land Rover convencional podía perder adherencia o hundirse hasta los ejes.

Las compañías de servicios también aprovecharon sus cualidades. El vehículo podía recorrer zonas aisladas para revisar postes eléctricos, líneas telefónicas, conducciones de agua y otras instalaciones. Al repartir mejor su peso, causaba menos daños que un vehículo de ruedas sobre un terreno sensible. Esa característica ecológica no era el resultado de una campaña publicitaria, sino una consecuencia práctica de no cortar el suelo con neumáticos estrechos y pesados.

El ámbito militar ofrecía otra aplicación lógica. La menor presión sobre el terreno resultaba útil para las unidades encargadas de retirar minas y limpiar zonas con explosivos. Un Land Rover de orugas pesaba mucho menos que un carro de combate y distribuía su carga sobre una superficie amplia, por lo que podía cruzar ciertos terrenos con menor riesgo de hundimiento y menor probabilidad de activar una mina anticarro.

Land Rover Series II 109 Cuthbertson

Fabricado en Escocia por la empresa de James A. Cuthbertson, este Land Rover sustituía sus cuatro ruedas por bogies con orugas de goma movidos por piñones atornillados a los bujes originales, logrando reducir la presión sobre el terreno a solo 1,9 libras por pulgada cuadrada para cruzar turberas e infraestructuras sin hundirse

Unidades producidas, herencia y conclusiones

También la Royal Air Force empleó unidades Cuthbertson en trabajos de desactivación de explosivos durante los primeros años de la década de 1960. En zonas costeras y campos de tiro, aquellos Land Rover podían atravesar barro y zanjas con una capacidad que los vehículos de ruedas no ofrecían. El conductor debía contar con una formación específica para manejar un vehículo de cadenas, porque la conducción y las reacciones no eran idénticas a las de un Series normal.

Australia llegó a evaluar una unidad en pruebas que superaron los 960 kilómetros. El interés internacional demostraba que el concepto tenía sentido más allá de Escocia, aunque la complejidad del sistema, la baja velocidad sobre firme duro y el mantenimiento de las orugas limitaron su expansión. Era una herramienta extraordinaria para unas condiciones concretas, no una alternativa universal al Land Rover convencional.

El bastidor auxiliar podía desmontarse en teoría para devolver el vehículo a sus ruedas originales. En la práctica, transportar los bogies, las orugas y el resto de los elementos desmontados exigía casi otro vehículo. La conversión debía entenderse como una modificación permanente o semipermanente, no como un accesorio que el propietario instalaba antes de salir al campo y retiraba al regresar a casa.

Se calcula que entre 15 y 20 conversiones salieron de la fábrica, aunque la cifra exacta no está completamente documentada. La producción comenzó con los Series II y continuó más adelante sobre unidades Series III. La mayoría trabajó en bosques, explotaciones agrícolas, zonas militares o servicios públicos, de modo que pocas tuvieron una vida sencilla. El terreno para el que fueron creadas también era el más exigente para su conservación.

Más que un Land Rover con orugas, el Cuthbertson fue un vehículo especializado construido alrededor de una idea muy concreta: reducir la presión sobre el suelo sin renunciar a la transmisión, la carrocería y la mecánica básica del todoterreno británico. La solución no aumentaba la velocidad ni mejoraba el confort, pero transformaba por completo la capacidad de avance sobre superficies blandas.

El Land Rover Series II 109 Cuthbertson representaba una forma de ingeniería práctica, alejada de las soluciones espectaculares que solo funcionan sobre el papel. Sus cuatro orugas de goma, su dirección asistida accionada por el motor y su bastidor auxiliar permitían trabajar en terrenos donde un vehículo convencional no podía progresar. Era lento, ruidoso y poco apropiado para el asfalto, pero en una turbera, una marisma o una ladera cubierta de nieve podía convertirse en la herramienta más eficaz del lugar.

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Sobre mí

Javi Martín

Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto la charla sería de órdago. Pero aquí estoy, escribiendo sobre mi pasión donde me dejan. Si hace unos años me dicen que terminaría así, las carcajadas se habrían escuchado hasta en Australia.

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Ingeniero de profesión, la mayor pasión de mi vida son los coches, y ahora también las motos. El olor a aceite, gasolina, neumático...hace que todos mis sentidos despierten. Embarcado en esta nueva aventura, espero que llegue a buen puerto con vuestra ayuda. Gracias por estar ahí.

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Soy un apasionado de los coches desde que era muy pequeño, colecciono miniaturas, catálogos, revistas y otros artículos relacionados, y ahora, además, disfruto escribiendo sobre lo que más me gusta aquí, en Espíritu RACER.

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