Desde la llegada a España en 1988 del Toyota BJ73 con motores VM, la firma japonesa no había sometido a ningún tipo de modificación profunda a su buque insignia dentro del segmento de los 4×4, habiendo recurrido puntualmente a otros productos como el 4-Runner para subsanar la falta de un vehículo con el que competir en el bullicioso mercado de los todoterrenos medios. Para sustituir a ambos de un plumazo, la marca presentó en nuestro mercado el Land Cruiser 90, un modelo que rompía por completo con el diseño anguloso inspirado en los primeros BJ, cuyo característico frontal incluía los clásicos faros redondos encastrados en una calandra flanqueada por aletas prominentes.
Con esta nueva generación, Toyota dejaba atrás las formas rectilíneas para adoptar una carrocería de líneas mucho más suaves y convencionales, disponible en versiones de 3 o 5 puertas. Su puesta al día no fue meramente estética, sino que conllevó una profunda renovación a nivel de equipamiento interior, chasis e incluso mecánico, incorporando bloques turbodiésel de cuatro cilindros y mecánicas V6 de gasolina de factura propia.
Chasis de largueros y suspensiones independientes
El nuevo chasis de largueros y travesaños no solo aligeraba el conjunto, sino que mejoraba notablemente la rigidez torsional y a la flexión, integrando además zonas de deformación programada para elevar la seguridad pasiva. Las tradicionales ballestas pasaban a la historia: el tren delantero estrenaba un sistema independiente de paralelogramo deformable mediante doble brazo transversal y un conjunto de muelle helicoidal con amortiguador, mientras que el tren posterior confiaba en un robusto eje rígido guiado por dos brazos superiores, dos inferiores y una barra Panhard, asistido por muelles helicoidales y amortiguadores de gas. Ambos ejes contaban con sus respectivas barras estabilizadoras.
La capacidad de frenado dependía de un completo equipo de discos autoventilados —de 318 mm delante y 312 mm detrás—, ofreciendo una resistencia notable aunque con una eficacia general que admitía mejoras. El acabado superior VX incorporaba de serie el sistema antibloqueo ABS.
El motor 1KZ-TE: 125 CV de pura elasticidad
Bajo el capó, los ingenieros japoneses instalaron el bloque 1KZ-TE, una evolución directa del propulsor visto en el 4-Runner. Recibió modificaciones clave como una cámara de combustión rediseñada, un nuevo turbocompresor y una bomba de inyección indirecta gestionada electrónicamente para contener emisiones y consumos. Este cuatro cilindros diésel de 2.982 cm³, dotado de un par de árboles contrarrotantes para minimizar vibraciones, combinaba un bloque de fundición con una culata de aleación de aluminio donde se alojaba un único árbol de levas para accionar sus 8 válvulas mediante correa dentada.
Carente todavía de intercooler, este propulsor desarrollaba una potencia de 125 CV a 3.600 rpm y un par máximo de 294 Nm a 2.400 rpm. Su respuesta era rápida y sumamente elástica, moviéndose con soltura en un margen de utilización comprendido entre las 1.500 y las 3.600 rpm, lo que le permitía completar el 0 a 100 km/h en 13,5 segundos. Para alcanzar su velocidad máxima de 160 km/h, la aguja del cuentarrevoluciones debía trepar hasta las 4.300 rpm.
El consumo medio se situaba en torno a los 13 litros cada 100 km, una cifra razonable para un vehículo que rozaba los 1.780 kg en orden de marcha, cuya fuerza se distribuía de forma permanente a ambos ejes a través de una caja de cambios manual de cinco velocidades y una caja transfer con diferencial central bloqueable.
El Toyota Land Cruiser 90 logró la cuadratura del círculo: abandonar la tosquedad de los viejos todoterrenos de ballestas para ofrecer el confort de una berlina, sin perder ni un ápice de su legendaria eficacia cuando el asfalto terminaba
Habitabilidad interior y acabados de auténtica berlina
El habitáculo estaba homologado para alojar cómodamente a cuatro ocupantes —con una quinta plaza central testimonial—, encontrándose los pasajeros traseros con ciertas dificultades de acceso debido al limitado recorrido de plegado de los asientos delanteros. El puesto de conducción ofrecía múltiples regulaciones tanto para el asiento como para el volante, garantizando una excelente visibilidad frontal y lateral gracias a la elevada posición de manejo, solo penalizada en la zaga por la presencia de la rueda de repuesto colgada en el portón del maletero de 450 litros.
Como era norma de la casa, los acabados y materiales rozaban la excelencia. En el completo nivel de acabado VX, el equipamiento no tenía nada que envidiar al de una berlina de lujo, destacando elementos como el techo solar, el aire acondicionado, el volante forrado en cuero, el ABS y un codiciado diferencial trasero blocante al 100% mediante un mando giratorio en el salpicadero.
Comportamiento dinámico: Del asfalto a la pista rota
Sobre el asfalto, la tracción total permanente dotaba al Land Cruiser de un aplomo y una estabilidad lineal sobresalientes en vías rápidas. En cambio, al encarar curvas cerradas el tren delantero manifestaba cierta tendencia al subviraje y, en apoyos fuertes, tarados de suspensión enfocados al confort permitían ciertas oscilaciones de la carrocería. Afortunadamente, el eje trasero mantenía la compostura en todo momento, haciendo que su conducción resultara noble y predecible.
Fuera de la carretera es donde el modelo desplegaba toda su magia. Aunque una conducción muy alegre por pistas bacheadas podía provocar ciertos cabeceos y hacer que la suspensión delantera rozara sus límites, el coche superaba los obstáculos más complejos gracias a una generosa altura libre de 21 cm, unos recorridos de rueda sobresalientes (45 cm delante y 52 cm detrás) y la posibilidad de bloquear tanto el diferencial central como el trasero en marchas cortas. En ese escenario, la disponibilidad de par desde apenas 1.500 rpm ponía de manifiesto el dilatado bagaje de Toyota en el mundo 4×4.
Con un precio de tarifa que rondaba los 31.000 euros, el Toyota Land Cruiser 90 se posicionó como una alternativa sumamente sólida en la gama media-alta frente a rivales tan coriáceos como el Opel Monterrey, el Isuzu Trooper, el Nissan Patrol GR 3.0 TD o el todopoderoso Land Rover Discovery.


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Javier Gutierrez
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