El Austin Maestro Countryman fue la respuesta británica a una pregunta que casi nadie se había planteado en los años ochenta: ¿qué pasa si a un compacto familiar le levantas el techo y le metes dos sofás cama y una cocina de camping? El resultado es uno de los campers más desconocidos —y más raros— salidos de una fábrica europea, construido sobre la base de un modelo que British Leyland necesitaba desesperadamente que funcionase.
Aquel Maestro llegó en 1983 como el intento de British Leyland de dejar atrás una década de crisis, huelgas y reputación dañada. Debía sustituir al envejecido Allegro y competir de tú a tú con la creciente oferta japonesa y europea, así que la marca no escatimó en detalles llamativos para la época: en las versiones más altas —MG y Vanden Plas— llegó a montar un cuadro digital con sistema de aviso por síntesis de voz, una rareza tecnológica que hoy sorprende más por su ambición que por su utilidad real. Las ventas iniciales acompañaron ese optimismo, pero los problemas de calidad y fiabilidad del Maestro fueron minando su posición frente a rivales como el Ford Escort o el Volkswagen Golf. En 1986, la reestructuración de British Leyland trasladó la producción a Rover, y el nombre de la marca empezó a aparecer junto al del modelo en los ejemplares más tardíos.
El concepto Countryman: acampada en formato compacto
Dentro de ese catálogo poco glorioso se escondía el Countryman, la versión menos conocida del Maestro y también la más singular. Partía de la carrocería familiar del modelo, pero con el techo elevado en la zona trasera para ganar altura interior, un espacio que se convertía en una pequeña zona de acampada con dos sofás enfrentados que hacían de cama, una cocina con placa de dos fuegos, armarios de almacenaje, cortinas y un punto de anclaje central en el suelo para montar una mesa entre los dos asientos. No incorporaba fregadero ni aseo, así que su uso quedaba ligado a campings o áreas equipadas más que a la autonomía total, pero para un fin de semana fuera de casa cumplía de sobra. Mecánicamente no se complicaba la vida: motor A-Series de 1.275 centímetros cúbicos y caja manual de cuatro velocidades, el mismo planteamiento sencillo y car-like que hacía del Maestro un coche de uso diario sin sorpresas.
El Countryman no era un proyecto de gran volumen ni una apuesta industrial de largo recorrido. Más bien parecía un experimento de nicho, pensado para atraer a un comprador que quería escapar del fin de semana en casa sin renunciar a un coche utilizable entre semana. Esa filosofía lo acercaba más a los primeros kits de camperización artesanal que a las autocaravanas de serie que empezaban a ganar presencia en Europa. La diferencia es importante: el Countryman no exigía un carné especial, no resultaba aparatoso en ciudad y no obligaba a cambiar los hábitos de conducción. Simplemente ofrecía la posibilidad de dormir y cocinar en un espacio que, por lo demás, funcionaba como un familiar cualquiera.
El Countryman es la prueba de que a veces basta con levantar el techo de un familiar y añadir lo justo para pasar un fin de semana fuera de casa
Supervivencia, contradicciones y legado
Esa doble vida explica por qué apenas sobreviven ejemplares. Quienes lo compraron lo usaron sin miramientos, como un vehículo de trabajo o como una herramienta de ocio intensivo. El óxido, el desgaste de los materiales de camperización y los propios problemas de fiabilidad del Maestro hicieron el resto. Las juntas del techo elevado, las cortinas, los armarios y los sofás no siempre resistían bien el paso del tiempo, y muchas unidades terminaron desmontadas o convertidas en furgonetas de reparto. Verlo hoy en buen estado, con su tapicería original y sus detalles de época intactos, es encontrarse con una rareza dentro de otra rareza.
Por su parte, el Maestro cargaba con una reputación contradictoria. Había nacido con ambición tecnológica y una imagen moderna, pero los problemas de calidad y la competencia feroz lo dejaron en una posición incómoda. El Countryman heredó esa contradicción: era una idea brillante sobre el papel, pero llegaba en un momento en el que la marca ya no tenía el impulso necesario para convertir una ocurrencia en un éxito duradero. Aun así, el concepto resistía: un coche compacto, asequible y capaz de ofrecer una experiencia de acampada sin complicaciones.
El Countryman es la prueba de que a veces basta con levantar el techo de un familiar y añadir lo justo para pasar un fin de semana fuera de casa. Décadas después, esa fórmula sigue teniendo sentido, aunque la industria haya decidido que el futuro del camping pasa por furgonetas gigantes y presupuestos de vehículo premium.


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Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto la charla sería de órdago. Pero aquí estoy, escribiendo sobre mi pasión donde me dejan. Si hace unos años me dicen que terminaría así, las carcajadas se habrían escuchado hasta en Australia, pero ahora no sabría vivir sin ello.COMENTARIOS