Bajo el capó de una pick-up Toyota de 1988 hay ahora un V8 de cuatro litros que en su día empujaba a un Lexus LS400. Antes de valorar si el swap tiene sentido, conviene saber por qué esta generación concreta de pick-up importa tanto para quien entiende de todoterrenos clásicos.
Una generación con nombre propio en el cine
La cuarta generación del Hilux, vendida en Estados Unidos bajo la denominación Pickup, se fabricó entre 1983 y 1988. Es la versión que casi cualquier aficionado reconoce sin necesidad de datos técnicos, porque una SR5 Xtracab de 1985 compartió pantalla con el DeLorean en Regreso al Futuro, convertido en el objeto de deseo de Marty McFly. Ese cameo la ha convertido en una de las pick-up clásicas más buscadas del mercado americano, muy por encima de su papel real en la historia del modelo.
Un modelo que, al parecer, no era suficientemente potente para alguien que tuvo la idea de coger un V8 de Lexus y meterlo en un vano motor que fue diseñado para alojar un cuatro cilindros –aunque acabó, al final de su vida comercial, con un V6 de tres litros–.
Este ejemplar del que hablamos es un SR5 de 1988, ya con el cambio mecánico más relevante de la cuarta generación: la sustitución del eje delantero rígido por una suspensión independiente con barras de torsión y doble triángulo, adoptada en los modelos norteamericanos a partir de 1986. Antes de esa fecha, los Hilux de tracción total montaban eje rígido delantero con ballestas, una arquitectura mucho más tosca pero también más apreciada hoy por los puristas del todoterreno duro.
La instalación de un bloque V8 de Lexus en una clásica Toyota Pickup de 1988 demuestra que la compatibilidad mecánica entre marcas hermanas puede transformar un icono del cine en una auténtica bestia del asfalto y la tierra
Corazón nuevo: un V8 de Lexus bajo el capó
El motor se instaló en abril de 2024, poco después de comprar la pick-up en Arizona. Se trata de un 1UZ-FE de cuatro litros procedente de un Lexus LS400 de 1992, un V8 capaz de entregar hasta 290 CV en su puesta a punto original. Antes del montaje se renovaron retenes y cojinetes, y siempre que fue posible se recurrió a piezas y elementos de fijación de origen Toyota, lo que facilita el mantenimiento futuro de una mecánica que, en el fondo, sigue siendo japonesa de cabo a rabo. La potencia llega a las ruedas a través de una caja manual de cinco velocidades con kit Marlin Crawler y una caja de transferencia de dos relaciones.
Modificaciones y puesta a punto
Fuera del motor, la pick-up rueda ahora sobre llantas Raceline Rockcrusher de 15 pulgadas calzadas con neumáticos BFGoodrich All-Terrain KO2 de 32 por 11,5 pulgadas. La suspensión incorpora amortiguadores Fox Performance y los cubos delanteros son de bloqueo manual de la marca Aisin. El sistema de frenos combina discos delanteros asistidos –con discos y pastillas renovados en 2023– y tambores traseros, además de dirección asistida. Por fuera luce un repintado en gris metalizado, arco antivuelco con focos auxiliares KC, protector de calandra, barra de luces LED, cama forrada y enganche de remolque.
Dentro se ha renovado con asientos de cubo tapizados en tela azul, conversión a elevalunas eléctricos, aire acondicionado, radio AM/FM y volante forrado en piel. Según el anuncio, el vehículo acumula alrededor de 115.000 millas –unos 185.000 kilómetros– y se ofrece con historial e impuestos en regla desde Kansas.
Por qué este swap tiene sentido
Meter un motor de Lexus en un Toyota no es solo una ocurrencia estética. El 1UZ-FE es una mecánica de la misma casa, con una reputación de fiabilidad muy similar a la de la propia pickup, y su bloque en V encaja mejor de lo esperado en un chasis que ya nació pensado para reforzarse con conjuntos Winnebago y otros preparadores durante los años setenta y ochenta –precisamente el linaje del que saldría más tarde el 4Runner–. Dicho de otro modo, no hay aquí ningún exotismo forzado, sino la misma lógica mecánica que llevó a Toyota a convertir una pickup de trabajo en la base de uno de los todoterrenos más queridos de su catálogo.




Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto la charla sería de órdago. Pero aquí estoy, escribiendo sobre mi pasión donde me dejan. Si hace unos años me dicen que terminaría así, las carcajadas se habrían escuchado hasta en Australia, pero ahora no sabría vivir sin ello.COMENTARIOS