Hace poco os contaba aquí que el mítico Galloper preparaba su regreso calcando el guion de Santana con capital y producto chinos, y confieso que lo escribí con una mezcla de ilusión y prudencia, porque los anuncios de resurrecciones suelen quedarse en promesa. Pues ya no hay excusa para la prudencia, porque han llegado las fotos reales del coche terminado, y verlo de carne y chapa en lugar de en un renglón de nota de prensa me ha devuelto una fantasía que tenía aparcada desde la adolescencia.
La fantasía es sencilla y sospecho que la compartís muchos de los que, como yo, tenéis espíritu independiente. Consiste en echarme uno de estos al monte y desaparecer una temporada, subir por las pistas del Pirineo hasta donde el asfalto se rinde, plantar el vehículo frente a un ibón y sentir que tengo el mundo por delante sin depender de la autonomía de una batería ni de si habrá un enchufe al final del camino.
¿Qué es exactamente este Galloper resucitado?
Antes de perderme en ensoñaciones, toca aclarar de qué hablamos, porque este Galloper no tiene ya nada que ver con los Mitsubishi rebautizados de los noventa con los que algunos flipábamos de pequeños. El nuevo proyecto lo lidera Galloper Ibérica, de la mano del empresario Carlos Lobato, que ha recuperado los derechos de la marca para España, Andorra, Portugal, Italia y Marruecos con la intención de revivir el nombre más querido del todoterreno patrio.
La mecánica de fondo es la habitual en estas resurrecciones, y no la voy a esconder. Los coches los fabrica el chino Anhui Coronet en colaboración con Zhengzhou Nissan, la empresa participada por Nissan y Dongfeng, de modo que el Galloper S15 es en realidad un Nissan Paladin, conocido en otros mercados como Nissan Terra o Dongfeng Paladin, con retoques para adaptarse a esta Europa hiperregulada.
De momento llegan dos modelos, ambos ya homologados y con las fotos reales sobre la mesa. El S15 es el todoterreno de cinco puertas y 4,88 metros, mientras que el P15 es el pick-up derivado del mismo conjunto, pensado para quien necesita caja de carga y capacidad de arrastre para faenas de campo o para cargar la aventura entera en la trasera.
El plan industrial pasa por ensamblar los vehículos en Linares, la comarca jienense que se ha convertido de golpe en el epicentro del renacer todoterreno español con los nuevos Santana. Estos Galloper llegan despiezados desde China para montarse en Jaén, con el objetivo declarado de fabricar el 60% de los componentes en España en los próximos años, una promesa ambiciosa que habrá que ver si se cumple.
Una mecánica que promete barro de verdad
Aquí es donde el Galloper me empieza a interesar de verdad, porque bajo la carrocería hay una ferretería muy seria y no el simulacro de tracción de tantos SUV de moda. El corazón es un bloque de gasolina 2.0 turbo de cuatro cilindros con 228 CV y 360 Nm de par, asociado a una transmisión automática ZF de ocho velocidades, una combinación que promete respuesta de sobra aunque el consumo no vaya a ser precisamente de monja.
Lo que de verdad separa a este coche del rebaño de SUV es lo que lleva debajo para cuando se acaba el asfalto. Cuenta con tracción total con reductora, bloqueo del diferencial trasero y capacidades de franqueo reales desde el primer día, justo la dotación que un aficionado al campo busca y que el mercado había ido eliminando en favor de la pose urbana.
No es un coche perfecto, y su mayor pega salta a la vista en el surtidor. Un gasolina de dos litros turbo moviendo casi cinco metros de todoterreno no es un dechado de sobriedad, así que quien recorra muchos kilómetros notará el mordisco en el depósito, aunque para un uso de aventura y escapada de fin de semana el asunto resulta más llevadero. Y si no, no te compres un todoterreno.
Conscientes de ese talón de Aquiles, en Galloper preparan una versión de GLP que dará acceso a la etiqueta ECO de la DGT. Ese detalle es más importante de lo que parece, porque convierte a un todoterreno grande en un coche que puede entrar en las ciudades sin restricciones y abarata el uso diario, quitándole al proyecto su principal freno para el comprador urbano que sueña con el monte los fines de semana.
¿Por qué encaja tan bien con la vida en el Pirineo?
Ahora sí me dejo llevar por la fantasía, que para eso es mi artículo y no un folleto comercial. Imagino este Galloper como el compañero perfecto para esa vida medio salvaje que muchos soñamos, la de instalarse en un pueblo del Pirineo y usar el coche para lo que de verdad sirve un todoterreno, que es llegar a donde no llega nadie más con un maletero lleno de bártulos.
El escenario se dibuja solo en cuanto cierro los ojos. Pistas forestales embarradas tras la lluvia, puertos de montaña cerrados por la nieve donde la reductora se vuelve una bendición, vados de río que cruzar sin pensárselo dos veces y esa sensación impagable de autonomía total que solo da un coche mecánico, robusto y reparable en cualquier taller de pueblo sin electrónica caprichosa.
Ahí es donde un 4×4 de verdad marca la diferencia frente a un SUV de escaparate, y lo hemos defendido tantas veces que ya es casi bandera de la casa. El Galloper juega en la misma liga de nobleza mecánica que su primo de Linares, ese Santana Cajal que también resucita con tres bloqueos y alma camionera aunque venga de China, y ambos comparten esa filosofía de herramienta capaz que tanto se echaba de menos.
El precio es justo lo que convierte el sueño en algo casi razonable, que es lo mejor de todo. Partir de unos 37.000 euros para un todoterreno con estas capacidades es una ganga cuando el Toyota Land Cruiser arranca en 66.500, el Land Rover Defender ronda los 80.000 y el Ineos Grenadier tampoco baja de esa cifra, con lo que el Galloper devuelve al alcance de la gente normal un tipo de coche que se había ido al territorio del lujo inalcanzable.
Lo que hay que tener en cuenta antes de emocionarse del todo
No sería justo cerrar los ojos a las incógnitas, porque una cosa es la fantasía y otra plantarse en el concesionario con el talonario. La primera duda de todo proyecto resucitado es siempre la misma, el servicio posventa, porque de nada sirve un todoterreno maravilloso si cuando se rompe una pieza en mitad del Pirineo te toca esperar semanas a que llegue de China sin un taller cerca que sepa qué hacer.
La marca dice tener planes para una red de posventa de una treintena de puntos de venta y un gran almacén de recambios, y de su cumplimiento depende buena parte del éxito. Un proyecto así vive o muere por la confianza del comprador, y esa confianza se gana teniendo piezas disponibles y talleres que respondan, no con folletos bonitos ni con fotos de estudio, por muy reales que sean.
Tampoco hay que idealizar el origen del coche ni venderlo como lo que no es. Este Galloper es un Nissan de diseño chino ensamblado en Jaén, no un renacimiento de la ingeniería española, y comprarlo sabiendo exactamente eso es la única forma sana de disfrutarlo sin llevarse un chasco cuando alguien te recuerde de dónde viene cada tornillo de la carrocería.
Con todo, y pese a las cautelas, a mí el proyecto me ilusiona bastante más de lo que me preocupa. Que alguien se atreva a traer de vuelta un todoterreno capaz y asequible en plena fiebre del SUV blando ya es una noticia estupenda de por sí, y si la red de servicio acompaña como promete, este Galloper puede convertirse sin exagerar en el billete perfecto hacia esa vida de aventura que muchos llevamos años posponiendo simplemente por no tener el coche adecuado en el garaje.
¿Por qué no plantearse uno de estos?
Yo me quedo con la imagen mental que me ha provocado ver las fotos reales, la de un Galloper cubierto de barro aparcado frente a un refugio de montaña con las botas secándose en el capó. No es una fantasía cara ni imposible, y esa es justamente su gracia, porque devuelve el sueño de la aventura todoterreno a un precio que no exige vender un riñón ni hipotecar el futuro para lograrlo.
Lo que más me gusta de esta historia es que llega en el momento justo, cuando el mercado se había olvidado por completo de que existe gente que quiere un coche para vivir y no para presumir.
Frente a la avalancha de crossovers indistinguibles que jamás pisarán un camino de tierra, el Galloper reivindica una manera de entender el automóvil que creíamos extinguida, la del vehículo como llave de la libertad y no como mero accesorio de estatus para el aparcamiento del centro comercial.
Total que voy a seguir muy de cerca este regreso, con la ilusión intacta y un ojo puesto en el servicio posventa, porque si la cosa cuaja tengo medio decidido que mi próxima locura tenga forma de todoterreno y color de barro pirenaico. Mira, quizá dentro de unos años os escriba desde un pueblo del Sobrarbe contando que al final me eché uno, y que aquella fantasía de las fotos se convirtió en la mejor decisión de mi vida.


Jose Manuel Miana
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