Hay historias en el mundo del motor que parecen sacadas de una tarde de fiebre creativa, pero que ocurrieron exactamente tal y como te las voy a contar. Imagina el año 1996. Una pequeña empresa artesanal estadounidense llamada BBC RV recibe el encargo más bizarro y brillante de su corta existencia: fabricar una autocaravana para Kellogg’s. No para que un directivo se pasee de convención en convención, no. El objetivo era mucho más marciano: transportar por todo el territorio estadounidense el globo aerostático oficial de Tony el Tigre, el carismático felino de los cereales Frosties.
El resultado de aquella locura fue el Navette TigerMobile: una mole de nueve metros de esparpajada elegancia, equipada con un motor Ford 7.3 Powerstroke diésel, un garaje trasero hecho a medida para tragar un globo aerostático con sus quemadores y cestas, y una serie de detalles interiores —como bordados específicos de Tony el Tigre— que rozaban el delirio publicitario. Por si fuera poco, la pesadumbre histórica lo acompaña: fue el último vehículo que salió del taller de BBC RV antes de que su fundador recibiera un diagnóstico de linfoma avanzado y tuviera que echar el cierre para siempre.
El sueño artesanal contra los gigantes
Para entender la magnitud del TigerMobile hay que mirar de dónde venía su creadora. En los noventa, el mercado norteamericano de las autocaravanas (RV) era un oligopolio dominado por mastodontes industriales instalados en Indiana. En medio de ese secarral de producción en cadena nació BBC RV, un diminuto fabricante artesanal con una ambición desproporcionada que apostaba por la construcción manual y la calidad sin recortes.
Su modelo estrella era la Navette, una clase A de diseño propio con carrocería de fibra de vidrio que había encandilado a la revista especializada Motorhome. La marca estaba tomando impulso a base de pisar ferias del sector y presumir de un nivel de detalle que los gigantes no podían igualar. De hecho, en toda su historia solo llegaron a construir dieciséis unidades de la Navette. Quince de ellas montaban un modesto chasis Isuzu diésel. La decimosexta, la obra maestra absoluta, fue el TigerMobile.
El TigerMobile fue el testamento sobre ruedas de un pequeño taller artesanal: una locura de fibra y acero encargada por Kellogg’s que rozaba el delirio publicitario
Un encargo sin escatimar en gastos
El contrato con Kellogg’s llegó en el peor momento vital para el fundador, pero la empresa lo afrontó como su testamento sobre ruedas. Para empezar, rompieron su norma técnica: descartaron el bloque Isuzu y plantaron bajo la cabina un Ford 7.3 Powerstroke diésel, un motor que en Estados Unidos goza de una devoción casi mística por su par brutal, su longevidad infinita y su capacidad para trabajar al límite sin rechistar.
Kellogg’s no escatimó un solo dólar. El interior recibió tapicerías y reposacabezas personalizados con el tigre de los cereales, un espejo decorativo sobre la zona del comedor y una iluminación de ambiente que en el catálogo estándar habría costado una fortuna. Detrás, oculto a las miradas, un garaje de casi dos metros cuadrados tragaba el equipo de vuelo del globo. Durante quince años, el TigerMobile recorrió miles de kilómetros de feria en feria, comiendo asfalto bajo la atenta mirada de la mascota publicitaria pintada en sus flancos.
Una segunda vida y el mito del vehículo recreativo definitivo
Cuando el programa del globo se jubiló, la autocaravana pasó a la reserva y, eventualmente, al mercado de segunda mano en Idaho. Los logotipos de Kellogg’s tuvieron que ser retirados por razones legales, dejando una combinación de colores inicial algo extraña que pedía a gritos una intervención quirúrgica.
Lo que vino después fue una restauración demencial de más de cincuenta mil dólares y año y medio de trabajo. La carrocería de fibra se saneó por completo, se calzó con neumáticos de categoría G para mejorar la pisada, y se renovó todo el esquema mecánico: frenos traseros, amortiguadores, airbags de suspensión, cableado, ordenador de gestión y un motor puesto al día. Con un depósito de 227 litros, este bicho era capaz de devorar 1.300 kilómetros entre parada y parada, gastando unos 17 litros —así lo reflejaban las crónicas de su resurrección — a cruceros estables de 100 km/h.
Cuando salió a la venta tras su resurrección, su propietario no dudó en compararlo con los míticos GMC Futurliner —de los que solo quedan unos pocos ejemplares tasados en millones—, calificándolo sin rubor como el segundo vehículo recreativo más interesante del planeta. Una pieza irrepetible, nacida del esfuerzo artesanal de un taller que ya no existe, construida para alimentar el sueño publicitario de un tigre gigante de cereales y coronada con el ronquido metálico de un V8 Powerstroke. Hay aventuras mecánicas que desafían cualquier lógica, y el TigerMobile, sin duda, juega en esa liga.


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Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto la charla sería de órdago. Pero aquí estoy, escribiendo sobre mi pasión donde me dejan. Si hace unos años me dicen que terminaría así, las carcajadas se habrían escuchado hasta en Australia, pero ahora no sabría vivir sin ello.COMENTARIOS