La Vogue Prima Vista, una mole de doce metros con chasis de autobús, faros de Cadillac y alma de apartamento de lujo, surgió de una decisión que solo podría darse en Estados Unidos: hacerse con la empresa entera que fabrica la autocaravana que te compraste porque querías todavía más.
Harvey Mitchell compró una autocaravana para irse de vacaciones con la familia. Le gustó tanto el resultado que compró la empresa que la fabricaba. Es la clase de decisión que en el mundo americano del RV se cuenta con admiración y cierta envidia, y que en el caso de Mitchell tuvo consecuencias muy concretas: cuando en 1990 tomó el control de Vogue Motor Coach, una marca de Ohio con una reputación sólida en el segmento de las autocaravanas de alta gama desde mediados de los años setenta, se propuso convertir lo que ya era bueno en algo opulento. Lo que Vogue producía antes de él era, según sus propias palabras, hermoso. Lo que produjo Mitchell fue hermoso y opulento. La diferencia, aplicada sobre doce metros de fibra de vidrio y chasis de autobús, no es menor.
La Prima Vista era el modelo estrella de la era Mitchell. Presentada en 1989 y fabricada hasta 1996, representaba la filosofía más ambiciosa de la marca: una autocaravana clase A de carrocería ancha —102 pulgadas, unos 2,59 metros, el máximo legal permitido en las autopistas americanas— con un perfil de morro redondeado y protuberante que en el argot del sector se denomina bull-nose, una línea de techo que descendía gradualmente hacia la popa y una ventana ojo de buey en la puerta central de acceso que no tenía ningún equivalente en el catálogo de ningún competidor. No había dos Prima Vista iguales: cada unidad salía con un esquema de color y un interior diferentes, lo que las convertía en objetos singulares dentro de una producción ya de por sí minúscula.
Chasis de autobús escolar y un motor Caterpillar de 325 CV
El ejemplar de 1993 que protagoniza este artículo —documentado por su propietario en el sitio web fleetofcads.com con una minuciosidad que habría hecho las delicias de cualquier archivero— es uno de los 23 fabricados ese año, el primero en el que Vogue ofreció la pintura de carrocería completa en lugar de los esquemas cromáticos más vistosos y fragmentados de las versiones anteriores. El chasis era un Crown Bus, plataforma de autobús escolar reconvertida para uso de autocaravana de lujo, con fama de solidez casi indestructible en el mercado americano. Sobre ese chasis, el motor era el Caterpillar 3176B diésel: 325 CV y 1.225 libras-pie de par —aproximadamente 1.661 Nm—, cifras que sobre una autocaravana de unos 12 metros permitían remolcar un Jeep de 4.200 libras sin que el conductor notara diferencia apreciable en el comportamiento. La transmisión era la Allison automática de cuatro velocidades, la única opción lógica para un vehículo de este peso, y la suspensión neumática se combinaba con un sistema de nivelación automática hidráulica cuando el vehículo estaba aparcado.
El detalle que más llamaba la atención al primer vistazo —y que el propio propietario se apresuró a aclarar en su descripción del vehículo— eran los faros. Ópticas de Cadillac, inconfundibles para cualquier aficionado al automóvil americano de la época. No eran una modificación posterior ni una broma de alguien con demasiado tiempo libre: venían de fábrica, eran parte del diseño original de la Prima Vista y contribuían al aire de descaro calculado que la diferenciaba de cualquier otra autocaravana del mercado. Mitchell Coach, cuyo negocio principal era la conversión de autobuses Prevost en vehículos de lujo —proceso del que produjo cerca de cien unidades bajo la marca Vogue entre 1993 y 1996—, tenía acceso a un proceso de pintura de nivel industrial que aplicaba directamente a la Prima Vista, lo que explicaba en parte la profundidad y durabilidad de los acabados exteriores.
Un apartamento de lujo sobre ruedas
El interior seguía la lógica de la época en el segmento premium americano: suelos de granito, madera de calidad en armarios y paneles, cama de tamaño king en la suite trasera, lavadora y secadora integradas, sistema de generador diésel de 7,8 kW instalado en una caja insonorizada de plomo —silencioso hasta el punto de que el propietario destacaba específicamente que se encendía automáticamente ante cualquier corte de suministro exterior sin que apenas se oyera nada—, doble circuito de climatización y almacenamiento de paso bajo el habitáculo accesible desde los laterales del vehículo. Era, en todos los sentidos prácticos, un apartamento de lujo con motor Caterpillar.
La historia de Vogue después de Mitchell es la historia habitual de las marcas pequeñas que no encuentran el momento adecuado para crecer. En 1998, Mitchell vendió la empresa a Featherlite, fabricante de remolques para caballos y vehículos de transporte especializado que intentó sin demasiado éxito trasladar el nombre Vogue a una nueva generación de autocaravanas producidas en Pryor, Oklahoma. Solo se fabricaron unidades en 1999, y el proyecto se abandonó. El nombre Vogue, que en su mejor época representaba lo más selecto del mercado americano de autocaravanas de alta gama —junto con nombres como Newell, Prevost y Blue Bird Wanderlodge—, quedó como una referencia de coleccionistas. Las Prima Vista que sobreviven, con su morro de toro, sus ventanas ojo de buey y sus faros de Cadillac, son hoy objetos que generan exactamente la misma reacción que describía su propietario: la mayoría de las personas que las ven no han visto ninguna en persona, y la mayoría de las que las ven no pueden evitar quedarse mirando.


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Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto la charla sería de órdago. Pero aquí estoy, escribiendo sobre mi pasión donde me dejan. Si hace unos años me dicen que terminaría así, las carcajadas se habrían escuchado hasta en Australia, pero ahora no sabría vivir sin ello.COMENTARIOS